EL VERDADERO PELIGRO DE LA INTELIGENCIA ARTIFICIAL

Desde que era muy niño recuerdo bien cómo, en reuniones familiares, hacía caricaturas de mis primos como parte de la diversión de la velada.

En el bachillerato fueron más de cinco años luchando por mantener mis notas al menos dentro del promedio, porque no paraba de tocar guitarra o mi teclado Casio de cinco octavas, que hoy probablemente sería una reliquia de museo.

No era el mejor estudiante. Sin embargo, años después de graduarme del colegio, me contaron que durante un tiempo mi monografía de inglés había sido utilizada como ejemplo de lo que era una monografía bien escrita.

¿El tema?

Un análisis profundo del trabajo musical de Sepultura, banda brasileña de thrash y death metal. Muchas de sus letras reflejaban crudamente la desigualdad y la realidad social de su entorno, entre favelas, violencia y conflicto.

Curiosamente, ese último año de colegio también ganaría las competencias musicales con mi equipo, utilizando música de esa misma banda, además de material original compuesto por mí y un viejo parcero.

Ganamos contra quienes eran considerados los mejores músicos de la promoción. Nuestros temas propios y Sepultura contra una competencia calientisima que traqueaba Richard Clayderman y Silvio Rodríguez con puñales entre los dientes.

Tiempo después fui dueño, durante once años, de una empresa especializada en desarrollo de sitios web y comunicación digital. Una época oscura de mi vida en muchos sentidos, aunque también de muchísimo aprendizaje.

Después de cerrar aquella empresa cursé aproximadamente el 90% de una maestría en Diseño de Videojuegos en Full Sail University, una institución reconocida por sus programas de videojuegos y medios digitales.

Durante más de un año, profesores con experiencia real en la industria calificaron mi trabajo. Mi enfoque principal terminó inclinándose hacia uno de los campos que más me interesaban: la musicalización y audio para videojuegos.

Mi promedio académico fue de 4.6 sobre 5.

Durante tres décadas estos “hobbies” fueron parte permanente de mi vida mientras mi carrera profesional como publicista parecía no despegar. 

Para quien me conoce, es fácil relacionar todos estos temas con mi persona.

Diría uno entonces que los requisitos necesarios para verme inmerso en los desarrollos que hoy quiero abordar profesionalmente no aparecieron hace cinco años.

Se evidenciaron desde una edad muy temprana.

EL BOOM DE LA IA HOY — Y EL PELIGRO

Y aun así, conociendo o no mi historia y la ruta que me trajo hasta estas orillas, algunos cercanos y otros extraños curiosamente han aterrizado en la conclusión de que lo que escribo, compongo, produzco, diseño y creo me lo está haciendo ChatGPT.

Que cinismo.

Este, pienso yo, es uno de los verdaderos peligros de la inteligencia artificial: lo fácil que resulta concluir que detrás de una pieza creada con absoluta pasión, imaginación y habilidad humana no hay más que un prompt y una máquina.

¿En qué momento el escrutinio razonable se convierte en una acusación injustificable?

Hoy más que nunca se vuelve esencial para los desarrolladores y creadores mantener un historial revisable de su proceso creativo.

Ponerle un tigre ilustrado a una fotografía es algo que se viene haciendo desde el siglo pasado con relativa facilidad utilizando Photoshop o cualquier editor de imágenes.

Imagen generada con IA
Imagen generada con IA + Photoshop + Blender + Clip Studio

Pero pasar de ahí a construir cinco propiedades intelectuales con documentación sobre sistemas de jugabilidad, combate, lore y narrativa; levantar un ecosistema digital completo, websites incluidos; y producir música con una intención coherente en progresiones, melodías, arreglos, mezcla y concepto, exige un proceso detrás.

Y ese proceso es precisamente lo que se debe revisar antes de opinar.

Arrebatarle a alguien la autoría de su trabajo mediante una opinión necia y desinformada, sin siquiera saber tocar las maracas o entender cómo funciona el desarrollo de un videojuego, puede llegar a ser macabramente cruel.

Y es precisamente esto lo que viene para el desarrollador creativo. Su trabajo estará cada vez más expuesto al escrutinio y, en muchos casos, tendrá que poder demostrar su autoría.

BARRERAS DE ENTRADA BRUTALES

Al menos en los campos de producción creativa ya hay wachimanes en la entrada, y están armados hasta los dientes.

Un portafolio puede abrir la puerta. Pero después vienen las entrevistas, las pruebas, las preguntas técnicas y la revisión del proceso.

Por Dios.

Solo un tonto intentaría conseguir trabajo profesional en producción musical, o vender estos servicios, llenando deliberadamente su portafolio con canciones de Suno y arte de Midjourney, esperando después sobrevivir a una evaluación profesional.

Y aquí es donde el argumento se vuelve todavía más absurdo.

Si realmente existen dudas sobre la procedencia del trabajo, existen maneras perfectamente razonables de despejarlas.

Aquí está la más efectiva de todas:

Preguntar.

Pídale al supuesto autor que explique lo que hizo. Pregúntele por qué tomó determinada decisión. Pídale modificar algo y abrir la sesión.

Pídale tocar el instrumento. Pídale explicar la cadena de plugins y VSTs en la mezcla.

Pídale justificar una mecánica de juego. Pídale explicar el pipeline mediante el cual pasó de arte conceptual a un modelo interactivo 3D dentro de Unreal Engine 5.

Ahí se acaba rápidamente el misterio.

Porque utilizar inteligencia artificial para generar un resultado es fácil.

Sostener durante una conversación profesional el conocimiento necesario para explicar un proyecto completo es otro baile.

Por eso, para quienes trabajamos en disciplinas creativas, cada vez será más importante conservar y documentar el proceso detrás de lo que hacemos: archivos fuente, versiones, bocetos, sesiones, stems, prototipos, documentación, grabaciones y cualquier otra evidencia que permita reconstruir cómo una idea terminó convirtiéndose en un producto.

Ese es el peligro que personalmente encuentro mucho más cercano que Terminator: que dejemos de preguntarnos cómo fue creado algo y empecemos simplemente a asumir que, si parece demasiado elaborado, lo hizo una máquina.

Y aparentemente nadie se salva.

Ni siquiera quienes llevamos décadas dibujando caricaturas, inventando mundos y componiendo música mucho antes de que existiera una máquina capaz de hacerlo por nosotros.