Silencio del Mundo


Implode ya está afuera. Por un momento, siento que estoy logrando algo. Tres mil seguidores en Instagram. Doscientos cincuenta en Spotify a la tercera semana. Todo orgánico. De pronto me invaden visiones de proxeneta del metal: estadios llenos, brasieres volando como confeti, pirotecnia estallando detrás de mí, todo el paquete. Durante cinco gloriosos minutos, creo que obré un milagro.

Incluso me dije: “Bueno, ok, quizá no sea mi banda, pero sí la banda que grabé…”. Ja. Ya estaba haciendo mentalmente la maleta para la gira.

Y entonces—silencio.

No rechazo. No crítica. Solo el zumbido frío de los algoritmos pasando de largo. La onda muere antes de alcanzar la orilla.

La ironía quema. Arrastro cinco canciones sangrantes hasta la meta y el mundo aplaude una vez, con cortesía, y luego me da la espalda.

El silencio es peor que el rechazo. Al menos el rechazo hace ruido.

Ahora el EP cojea en círculos por internet, como un perro herido al que nadie mira dos veces. Y yo me quedo repitiendo la misma pregunta: ¿esto es prueba de vida… o prueba de nada?

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