La Paradoja del Boxeo
“El truco no es aprender a pelear sino aprender cuándo no hacerlo”.
Todo comenzó en 1983.
Era el típico mocoso de seis años: obsesionado con mi equipo de fútbol local, los dulces y los íconos
indiscutibles de la época: He-Man, G.I. Joe, Star Wars y Batman. Lo bacano. Lo que te hacía creer que
los músculos y el valor podían arreglar cualquier cosa.
Mi padre viajaba mucho. Cada regreso era como una mini Navidad: el timbre, la silueta del héroe, una
maleta que sonaba a promesa. Diversión asegurada.
Aquella noche, entre los tesoros, había una enorme caja blanca. Ali en la portada.
La abrí sin pensarlo. No sabía que estaba mirando una profecía: algo que volvería a arrastrarse a mi
vida cuarenta años después — parte salvación, parte terapia, parte guerra.
Guantes de boxeo.
Pero no los normales.
Eran la versión juguete de la época — dos pares de monstruosidades de plástico sólido, azules como el
neón de Star Wars. Diseñados para que los niños se tumbaran hasta los dientes en nombre de la
diversión.
Ah, los gloriosos ochenta.
Y los guantes, además, hacían sonidos. Cada golpe traía su propia banda sonora: un chillido entre
gallina estrangulada y pedo con problemas. Cada asalto era una mezcla de rabia, risa y venganza. Yo
cascaba a mi hermano, él se enfurecía, y mi viejo se reía… hasta que se convertía en el siguiente
objetivo de mi endemoniado hermano. Caos hermoso.
Papá era un hombre de Ali. Como la mayoría de su generación, hablaba de él como si hubiera bajado del
Olimpo: gracia, desafío, poesía en movimiento. No lo sabía entonces, pero el mito se me quedó grabado.
Años después, se lo contaría a mi hija. Supongo que el eco nunca muere.
El tiempo da vueltas. Siempre lo hace.
A los veintisiete, el gimnasio había perdido su encanto. Cromo, espejos, el sonido hueco de las pesas —
puro ruido, sin propósito. ¿Fútbol? Demasiadas variables. Necesitaba una pelea que respondiera solo
ante mí. Un deporte donde yo tuviera el control. Ya había vivido la misma historia en las bandas antes
de The One Divide. Me sabía el libreto.
Además, había subido unos kilitos. Así que me até los guantes otra vez. Esta vez, guantes de verdad.
Y el aire cambió.
El esfuerzo dejó de sentirse como castigo y empezó a sentirse como hora de confesión.
Me sumergí en los archivos — Gatti vs Rodríguez, Leonard vs Hearns, Foreman vs Moorer — hombres que
pasaban por el infierno y aun así respondían a la campana. Sangre, dolor y una voluntad que no se puede
fingir.
Eso enseña el boxeo: el que cae siempre tiene una oportunidad, si sigue levantándose.
Avanza rápido hasta hace seis años. La vida me agarró con un gancho que no vi venir. Matrimonio roto,
planes colapsados, luces apagadas.
Me derrumbé — sí, lo admito — pero me levanté. Me até los guantes otra vez.
Cada día. Cada maldito día.
Sin público. Sin esquina. Solo yo, el saco y el sonido de mi respiración.
Sudando los fantasmas, golpe a golpe.
Y funcionó. No de la noche a la mañana — sanar nunca lo hace. Pero los guantes me reprogramaron. La
disciplina se volvió medicina.
Nunca boxeé para dañar; boxeé para sanar. Para mantener la mente quieta mientras el
mundo giraba fuera de control.
El sudor reemplazó el ruido interno.
Así que sí — en mi pequeña familia de dos, el boxeo no es solo un deporte. Es un ritual.
Mi hija aprendió la postura antes de poder escribir su nombre. Tiene un gancho izquierdo que haría que
un adulto reconsiderara sus decisiones. Nos une — del mismo modo que alguna vez me unió con mi padre y
mi hermano.
Porque, al final, no se trata de pelear contra el mundo.
Solo peleamos para seguir de pie.