Dentro de la Forja Negra
Poca o nula vida social en estos últimos años. He estado encerrado en un estudio haciendo todo lo posible por no volver a un trabajo para el que no estoy hecho. Cada día se siente como martillar acero que se niega a tomar forma. Pero, por una vez, el metal cede.
Las guitarras ya no chillan como taladros: exigen atención rompe–cuellos. Aún no es una producción a lo Joey Sturgis, pero hay peso. Las mezclas ya no se colapsan en cartón; tambalean, como una ramita sosteniendo heroicamente un piano, pero al menos se sostienen. Me vale. Ya no suena a hora del aficionado.
Curioso cómo se siente ahora. Giro una perilla y, a veces, milagrosamente, algo mejora. Cubase aún se cuelga, pero ahora sé por qué —la mayoría de las veces—. Progreso medido en menos palabrotas por noche. Incluso puedo poner una mezcla junto a Lamb of God o a un Metallica reciente sin querer volver al caparazón.
Los juegos también respiran más fuerte. Mist Rushers está mayormente mapeado. Los jefes de Peachey tienen nuevos diseños (aprobados personalmente por la propia Peachey). City of Blades ya tiene su documento de gameplay; ahora solo necesita arte.
Sigo en la Forja Negra. Sigo ardiendo, sigo golpeando. Pero el martillo responde con otro sonido. Por primera vez en años, no se siente como estancamiento: se siente como forma. Necesitaba un portafolio, y el trabajo frente a mí pronto llenará ese vacío.